Familia Dehoniana | Tenemos una pasión
14825
page-template,page-template-full_width,page-template-full_width-php,page,page-id-14825,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-theme-ver-9.2,wpb-js-composer js-comp-ver-4.11.2.1,vc_responsive
 

Tenemos una pasión

P. Francisco Javier Luengo Mesonero, scj
Delegado Provincial de Laicos Dehonianos

La idea se nos ocurrió viendo un partido de la liga de fútbol profesional española. Neymar, el genial delantero del Barcelona se había resbalado tres veces seguidas cuando encaraba el área contraria. Desesperado golpeaba el césped con rabia. Parecía que iba a ser uno de esos días nefastos en los que nada sale bien. De repente, un utilero del equipo se acerca por la banda con un par de botas nuevas y le grita: “¡te he dicho que te las pongas!”. El futbolista agachó la cabeza, pidió permiso al árbitro, salió a la banda y se cambió las botas. Ese día marcó dos goles y dio un pase de artista a Messi que marcó otros dos más.

 

Estamos muy acostumbrados en Occidente a pensar que las cosas importantes las hacen personas importantes, generalmente en sitios importantes con nombres casi impronunciables. Nada más lejos de la realidad. Hace mucho tiempo que comprendí que el mundo lo sostienen las madres. Humildes mujeres, abuelas, hermanas que sacan adelante familias con infinitud de problemas. También hay una legión enorme de hombres que dan cuerda al mundo, es cierto. Ninguno de estos hombres y mujeres saldrá nunca en el telediario pero son héroes anónimos sin los cuales el mundo, simplemente, se pararía.

 

La misión de la Iglesia se parece al fútbol y cree profundamente en esta realidad que acabamos de mencionar. A veces, en nuestras instituciones hay personas que les toca asumir protagonismo, están en el centro de los múltiples quehaceres, les toca tomar decisiones, o son virtuosos de los suyo. En el campo de fútbol se suele ver a los jugadores y al entrenador, cada uno con su función. No todos meten goles, alguno se encarga de repartir el juego, y otros son “gladiadores” en la defensa. Del portero solo nos acordamos cuando aborta un contraataque definitivo. Sin embargo, detrás de ellos está el equipo técnico, los preparadores físicos, periodistas, los que cuidan del césped, los de marketing, los que educan a la cantera. Es una máquina que termina funcionando bien cuando todos saben cual es su sitio y aportan lo que mejor saben hacer.

 

Somos una familia en torno a una espiritualidad, unos valores y una misión que no nos pertenece

 

La misión de la Iglesia es exactamente así. La de la Congregación SCJ también. La misión que llevamos adelante a través de nuestras obras y de las personas que formamos parte de la Familia Dehoniana, no nos pertenece. Pertenece en tal caso a la Iglesia. Por eso no podemos decir que es nuestra misión, como si fuese propiedad nuestra. Así las cosas, la misión no tiene más remedio que ser compartida. Y por eso no se trata de solicitar la ayuda de los laicos para que hagan cosas en nuestros colegios, parroquias, o grupos; más bien se trata de abrir nuestras estructuras para que cada uno pueda desarrollar lo que sabe hacer de un modo pleno y compartido.

 

Compartir la misión es sentirse parte de algo grande, de un proyecto que te supera y al que contribuyes con tu granito de arena. Compartir la misión requiere también un poco de autodisciplina y deseo de conversión, porque es preciso una reasignación de roles. Los sacerdotes y religiosos en la Iglesia estamos, en ocasiones, acostumbrados a tomar decisiones tanto o más que los laicos a no sentirse concernidos por esta misma responsabilidad. Quizá la Misión compartida comience por un deseo asumido por todos de crecer juntos. Algunos tendremos que aprender a fiarnos de otros y a dejar ámbitos de responsabilidad en manos de los laicos. Los laicos, por su parte, quizá puedan crecer en el sentido de pertenencia y de responsabilidad hacia la misión.

 

Para ello es imprescindible sentirnos familia. Por eso no me canso de decir que la Misión Compartida Dehoniana solo tiene un sujeto: la Familia Dehoniana. Somos una familia en torno a una espiritualidad, unos valores y una misión que no nos pertenece. Esta espiritualidad, valores y misión, son los que el Espíritu tuvo a bien regalar al P. Dehon. Y el P. Dehon lo regaló a la Iglesia de su tiempo. Es cierto, lo hizo a través de la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús. Pero una vez entregado este don (carisma) a la Iglesia, tiene vida propia dentro de ella y es capaz de suscitar espiritualidades, valores y misiones adaptadas a cada tiempo y a cada realidad personal.

 

Ese es nuestro reto hoy. Sentirnos Familia. Como toda familia tenemos un padre y una tradición familiar. Pero también tenemos nuevos retos que afrontar.

 

¿Seremos capaces de afrontarlo juntos?